Desafíos masculinos para frenar la violencia hacia las mujeres
Francisco Cervantes I. (2da Parte)

La violencia masculina a las mujeres, frecuentemente es negada, minimizada e incluso exaltada, por lamentablemente muchos hombres, y no digamos las actitudes defensivas o inquisidoras mediante las cuales muchos hombres se refugian para no asumir su responsabilidad y compromiso por comprometerse a parar su violencia. Lo más fácil es decir, "ellas también son muy violentas", "la controlo, pero no le pego", o "yo no soy un violador", aunque nuestras propias compañeras nos reclamen que se viven violentadas por nuestra forma de ser.
También hay quienes desde una posición de víctimas arremeten contra ellas siendo autocríticos de dientes para afuera, ya que en la práctica siguen estando muy resistentes a renunciar a sus privilegios, compartir responsabilidades equitativamente o asumir paternidades más comprometidas, y no sólo ser padres proveedores o papás de fines de semana. Aunque por supuesto hay y habrá cada vez más hombres con un actuar que merece todo nuestro reconocimiento.
Por otro lado no existe la costumbre como hombres de animarnos a hablar de nuestros malestares, miedos, emociones, impotencias, o bien a abrirnos a expresar nuestras profundas satisfacciones o insatisfacciones, por lo general somos poco permisivos con nosotros mismos para expresar lo que sentimos. Nos construimos de una manera tan rígida o con tanto temor a ser sensibles, que ignoramos todo lo que nos estamos perdiendo al no permitirnos cuestionar abiertamente tantas ideas y actitudes machistas a las cuales no hemos querido o podido renunciar.

Pero insisto, como hombres, estamos realmente preocupados por parar la violencia hacia las mujeres. Después de haberme involucrado en el apoyo a mujeres que han sufrido violencia de género, trabajado con hombres que desean dejar atrás la violencia como forma cotidiana de resolver sus conflictos de pareja y familiares, además de haber empezado a trabajar el tema de la paternidad, con otros hombres. No deja de incomodarme profundamente tanta violencia masculina y el silencio cómplice y solapador que los hombres guardamos ante estos cotidianos atropellos a la razón y los derechos más elementales.
Veo por tanto una serie de desafíos que como hombres y como sociedad civil tenemos para avanzar en un compromiso cada vez mas serio y formal para disminuir la violencia hacia las mujeres desde nuestra condición como hombres y como instituciones.
Damos poca importancia a las repercusiones de nuestra identidad de género machista en la violencia estructural y la reproducción simbólica y estructural de nuestras sociedades patriarcales y autoritarias.
Hoy día aún carecemos de una crítica directa a la violencia estructural en la cual todos vivimos y alimentamos. Entendida ésta como las estructuras sociales, culturales, simbólicas y sociales que legitiman o fomentan las desigualdades, el control, la violencia o impiden el pleno desarrollo integral de las personas. Y si bien nos han preocupado legítimamente temas de violencia directa como; la delincuencia, robos, incluso las guerras y la violencia intrafamiliar, son pocas las organizaciones sociales y muchas individuas quienes nos recuerdan el tema de la violencia estructural, que es sustento y condición para el desarrollo y mantenimiento de otras muchas violencias y opresiones.
No ver la violencia estructural es como no ser capaces de reconocer que individualmente nuestra identidad como hombres ha sido alimentada de pautas de interacción que privilegian y fomentan la desigualdad, el abuso de poder, el autoritarismo y en fin tantas expresiones de la violencia estructural, que a fuerza de tanto repetirse las aceptamos sin mucho cuestionar, ni sus partes o expresiones cotidianas, ni el todo, esto es, las condiciones y simbolizaciones sobre las cuáles se fincan las desigualdades sociales incluidas las de género, raciales, económicas, etnias y muchas más.
La educación que como hombres asimilamos nos coloca como verdugos y supuestamente superiores de las mujeres, identidad masculina hegemónica que a su vez propicia la conformación de las demás estructuras e instituciones sociales antidemocráticas, violentas, discriminatorias o intolerantes. La identidad masculina hegemónica es cómplice y propagadora de la intolerancia, la discriminación y las desigualdades, y siembra sus reales en el ámbito de lo personal, familiar, comunitario y político.
Vivimos en discursos democráticos, de equidad y justicia social, y a la vez somos incapaces de renunciar a las inequidades domésticas y de género, sustento de desigualdades, violencias e injusticias.
La Cultura patriarcal en la cual vivimos goza de tan buena salud, que las expresiones autoritarias, antidemocráticas, sexistas, discriminatorias y demás prácticas que legitiman el poder masculino permanecen invisibles e inmiscuidas en tantas instituciones, como personas y manifestaciones culturales, y para muchos hombres son difíciles de detectar en su trato sobre todo con las mujeres, pero que ahí están privilegiando lo masculino y a los hombres sobre lo femenino y sobre mujeres reales.
Tanto nos funda el patriarcado y el sexismo que para insultar o querer rebajar a otro hombre, le decimos, maricón, rajón, joto, en una palabra lo feminizamos, la peor ofensa a otro hombre es igualándolo a lo femenino. Para frenar la violencia a las mujeres convendría por lo menos inconformarnos incluso con el habernos construido avergonzándonos de lo femenino que cada uno posee.
No siempre visualizamos este desprecio por lo femenino en muchas de nuestras actitudes. Por uno o dos hombres que esté en una reunión de mujeres hay que hablar en masculino para que el señor no se ofenda porque lo sitúan como algo vergonzoso, el ser una mujer. Sobrados ejemplos citaría donde poseer una característica femenina es sinónimo de pena o malestar para muchos hombres, la homofobia y otras intolerancias a hombres con preferencias diferentes a las hegemónicas, son acicates de un machismo que desprecia a lo femenino e incluso a otros hombres que traicionan las imágenes del "verdadero hombre" y se muestras sensibles o con rasgos socialmente asignados sólo a las mujeres.
 



Agrego: lo que siempre un hombre negará ser es ser gay, o tener atributos femeninos, también negará el ser niño. Un hombre socio-culturalmente esta programado para rechazar todo esto, pues como bien dice el autor el no cumplir con estos requisitos haría supuestamente que los hombres fuesen inferiores. Y lo único que se logra con todo esto es promover la desigualdad de género.

Francisco Cervantes es Licenciado Y ha hecho excelentes aportes para la sexualidad.

                                                    Laura Bonino (Educadora Sexual)

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