Desafíos masculinos para frenar la violencia hacia las
mujeres
Francisco Cervantes I. ultima parte
En este México de
hoy día puede haber hombres que apoyamos las causas más democráticas, justas,
equitativas y progresistas, y en la vida privada esa equidad no permite lavar
una tasa, cambiar un pañal, trapear, ir a una junta escolar, abrazar y dar
tiempo a cada hija e hijo, preocuparse y escuchar sus reclamos, aceptar errores
o servir y atender a las y los demás.
Nuestras maneras de actuar, pensar y sentir como hombres, nos afirman a tal
grado que vemos como "natural" que las y los demás estén a nuestro servicio y en
segundos planos, mucho menos aún visibilizamos violencias emocionales que
ejercemos hacia las mujeres. Repensemos, por caso, el concepto de amor que
tenemos los hombres y veamos que responde más a expectativas, de atención,
apoyo, servicio y obediencia por parte de nuestra pareja, que a un fomentar su
pleno e irrestricto respeto y desarrollo. Es frecuente que muchos hombres no se
sientan queridos si sus parejas no les obedecen o hacen lo que ellos esperan que
hagan, sean e incluso sientan.
Es tan invisible, para el propio hombre, su conformación de sabelotodo y "el que
tiene la razón" que nos comportamos como una total aplanadora de sentimientos y
deseos femeninos que nunca son escuchados ni tomados en cuenta, respetando el
auténtico sentir femenino. Sino nos obedecen o nos dan la razón, nos sentimos
ofendidos, no queridos o no tomados en cuenta. Uno de los enojos masculinos más
comunes se genera cuando las compañeras no hacen lo que ellos creen que es lo
correcto, incluso la violencia intrafamiliar se desencadena en el momento en que
la pareja desobedece o hace cosas contrarias al deseo o la autoridad masculina.
Preguntémonos que entendemos por pareja, a partir de las expectativas reales que
esperamos que ellas nos cumplan y posiblemente, para muchos no nos será difícil
entender que muchas de nuestras separaciones de pareja están fincadas en nuestra
incapacidad para renunciar a nuestros privilegios masculinos, que tenemos serias
resistencias a ser equitativos en todos los planos, y no sólo en los que nos
convienen, que nuestras dificultades y desamor compiten con aceptar su pleno
desarrollo o con nuestra imposibilidad de compartir el poder de manera justa y
pareja con nuestras compañeras.
Avanzar pues en una cultura de la igualdad y la equidad implicaría que en
nuestras relaciones con las mujeres lo que ellas hacer, piensan o sientan,
realmente valga tanto como lo que los hombres hacemos, pensamos o sintamos. Y si
en verdad existiese en la práctica esta tan difundida igualdad entre las mujeres
y los hombres, los conflictos no los resolveríamos desde la imposición, la
violencia o el abuso de poder.
Por otro lado la promoción de la cultura de la igualdad entre hombres y mujeres
tendría que reflejarse en ambientes donde por lo menos prive el respeto y el
diálogo entre iguales. Incluso rechazando la violencia y reconociendo que hay
una agresión constructiva en tanto fuerza o energía vital del ser humano que
usamos constructivamente y que nos va ayudar a crecer y a afirmarnos, más no
aquellas agresividades que son usadas es para impedir el desarrollo y
crecimiento del cualquier ser humano, así esta agresión invasora e impositiva
sería siempre una violencia y forma de control.
Los sentimientos, el amor, la relación de pareja, la paternidad, la homofobia,
el hostigamiento sexual, la violación, y los asuntos cotidianos de las mujeres,
para muchos hombres, partidos y organizaciones, no son asuntos realmente
sustanciales para la transición a la democracia y la justicia social.
Para muchos hombres, políticos, académicos, luchadores sociales y demás, no les
resulta trascendente para la construcción de un proyecto de nación democrático,
justo y equitativo, el cuestionarse la cultura patriarcal, sexista y en fin el
machismo en sus múltiples expresiones públicas y privadas. La violación, la
violencia intrafamiliar, el hostigamiento sexual y demás manifestaciones de la
cultura patriarcal, son considerados como problemas individuales y no como
expresiones de una identidad masculina hegemónica. Con el pretexto de que no se
metan en mi cama, mi familia o mi vida íntima, los hombres queremos no ser
necesariamente congruentes entre lo que decimos públicamente con lo que hacemos
privada e íntimamente.
Para ser más auténticos y congruentes, pareciera que no debemos enfrentar
nuestras propias contradicciones y flaquezas, quien ha dicho que sea fácil
transitar en un mundo equitativo y sin violencia. Estamos los hombres hoy día,
vísperas de elecciones presidenciales, conflictos universitarios y pleitos
políticos, realmente planteándonos una transformación personal junto con una
transformación social a fondo, realmente no estoy muy seguro.
Yo no veo
espacios masculinos de reflexión autocrítica, de real apertura para ir a fondo
como hombres en temas sustantivos como la violencia intrafamiliar, el aborto, la
paternidad, la democracia en la vida familiar e institucional, la tolerancia y
el respeto a las necesidades e intereses de las niñas, niños, de las y los
jóvenes, de personas de la tercera edad y tantos grupos sociales que
invisivilizamos, como indígenas, trabajadoras domésticas, homosexuales,
discapacitados, chavos banda, transexuales y tantos grupos más con diferentes
credos y preferencias religiosas, culturales o sexuales distintas a las
hegemónicas.
La masculinidad y las identidades masculinas no están presentes como punto de
discusión y reflexión en las agendas políticas, porque las masculinidades se
ejercen y ya, sin mayor preocupación por si son masculinidades democráticas,
equitativas incluyentes o tolerantes, nuestro ser hombres, con nuestros cotos de
poder, públicos o privados no deben ser cuestionados, mucho menos por las
mujeres o si transparentan que nuestra identidad y estructura afectivo-racional,
está plagada de intolerancias, machismos y desprecio por lo femenino.
No queremos la
autocrítica a nuestras identidades masculinas porque además de destapar mucho
dolor, tememos perder nuestros privilegios como machos, cuando el machismo y la
violencia hacia las mujeres son el principal obstáculo personal y la
masculinidad hegemónica o machista el central impedimento político cultural para
acceder a proyectos de nación más humanos, justos y equitativos.
Quiero destacar que el Lic. Francisco Cervantes Islas, perteneciente al "Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias AC CORIAC", de México
Programa de trabajo con hombres violentos
El Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias A.C. (CORIAC) fue creado por
el esfuerzo y reflexión de varios hombres, con el apoyo de muchas mujeres. En
febrero de 1993 CORIAC abrió el programa permanente de apoyo a hombres que
deseaban dejar de ser violentos. El Colectivo conforma grupos de reflexión
masculina con una perspectiva de género y cuenta con tres niveles de reeducación
o trabajo individual y un período extra de entrenamiento a facilitadores para
reproducir la experiencia en su propia comunidad. (Fuente: El Colectivo de
Hombres por Relaciones Igualitarias: Reflexiones de una Experiencia de Trabajo
con Hombres que se Reconocen Violentos, Francisco Cervantes Islas, Octubre,
1997).
Laura Bonino (educadora sexual)
Francisco Cervantes Islas
Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias A. C.
pacocerv@coriac.org.mx